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 Un cuentito

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Lestat
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MensajeTema: Un cuentito   Vie Dic 14, 2012 5:46 am

En la que bien pudo haber sido la mañana de un día de Navidad, mas era el tiempo un concepto trivial, si no es que desconocido a esas alturas, Arlet puso un pie en el cielo por primera vez. De estricta familia atea, aunque a su vez acogedora, Arlet era una jovencita inteligente y muy sabia para su edad y, por filosofías personales, se había dado cuenta desde muy pequeña que la idea que tenían sus padres con respecto a lo místico era demasiado seria, motivo por el que Arlet fue víctima de un acto discriminatorio que ella simplemente no entendía, o fingía no entender, aunque este no fuera precisamente palpable.

Arlet decidió quitarse la vida dos días atrás de cometer el fatídico acto por medio de una ingestión letal de insecticida, tras la pérdida de una valiosa amiga de nombre Lockett––quien había muerto de una grave enfermedad del corazón––sin ningún destino en mente. Se entiende, pues, que Arlet era también una jovencita sumamente frágil, ya que a su edad es muy inusual no solo la codependencia entre amigos, sino los sentimientos sinceros en sí. Si acaso, Arlet murió con una débil sonrisa, siendo el hecho de que estaba probando lo mucho que le había importado su amiga uno de sus últimos pensamientos;
el narcisismo también era parte integral de su personalidad, aunque le diera vergüenza.

El cadáver esbelto de Arlet fue hallado en el baño de su habitación por su padre, quien tras haber derribado la puerta con seguro, casi resbala con el charco de secreciones insalubres pertenecientes a su triste hija. El cuerpo, tendido cerca de la tina de baño, vestido en pijamas y con un brazo torcido mórbidamente tras la cadera––característica que bien pudo ser producto de un extraño intento por levantarse tras la intoxicación, reemplazó la angustia de los señores del hogar por un enfermizo pánico, impulsándoles a tomar medidas casi instantáneamente, sin ninguna utilidad, pues era entonces muy tarde para Arlet. O, mejor dicho, para quienes hubieran querido preservar su vida.

Memoria intacta y ropas limpias, Arlet dio su segundo paso en el cielo. El sitio no presumía nada más allá de un denso y precioso mar de nubes esponjosas bajo un cielo azul que se perdían en el horizonte––si es que se le podiá llamar así, y, de alguna manera, sin ningún sol a la vista, a pesar de que todo estaba iluminado, como si el manto celeste fuese una falsa tela colgando bajo una serie infinita de reflectores. Los pies descalzos de Arlet sintieron la apacible frescura de las nubes. Sintió extrañeza al no padecer frío, estando solamente metida en pijamas de corte fino, en lo más alto del aire en un día de invierno. Claro, hasta que recordó que ya se había muerto, y no tenía por qué sentir frío. Arlet inspeccionó su cabello ondulado;
no aparentaba haberse despertado hace poco. Y olía bien, también. Pensó, entre risas, que alguien la había recogido y bañado tras su desastroso suicidio para presentarla al cielo como debía de ser. Pensó, igualmente, que si eso hubiera pasado, probablemente debieron haberle dado un atuendo más elegante que sus fieles pijamas azules, aunque combinaran tan melosamente con el azul celeste. Antes de dar el tercer paso, una oleada de horror inundó el corazón de Arlet. Ella había muerto. Pero no solo había muerto: se había matado. Y sus escasos conocimientos sobre de la fe cristiana––la única que remotamente conocía, timbraban dentro de su cabeza: uno era que, al ser bueno en vida, se iba al cielo. El otro reprochaba que, si uno se quitaba la vida, iría al infierno, pues era la salida del cobarde. Ominoso era el hecho de que una de esas profecías parecía haberse cumplido;
Arlet no mentía, ni deshonraba a sus padres, mucho menos a sus demás seres queridos, mucho menos a Lockett, y una parte bastante grande de ella sentía que su alma estaba limpia por el solo hecho de haber amado a Lockett. Ergo, quizá se había ganado la escalera. Lo cien por ciento cierto era, de cualquier forma, que el cielo era un lugar real, y no un estado consciente o una idea lejana, ya no más.

Arlet se rehusó a pensarlo un segundo más, y dio el tercer paso con sus ojos cerrados. Una vez dado el avance, su mente comenzó a pintar retratos de nubes tornándose negras y abriéndose para revelar un oscuro agujero que, con un torbellino de gran violencia, transportaría al miserable que cayera al mismo infierno. Pero nada de esto ocurrió: al menos no de forma sonora, pues sus ojos se mantuvieron sellados por mucho tiempo, en el que caminó ciegamente hacia el frente, esperando con todo su corazón y con sus labios doloridos por la temerosa presión de sus dientes, que pronto le llegara la ansiada sensación de seguridad, aquella que llega tomada de la mano de la costumbre en ocasiones especiales.

Ese momento anhelado eventualmente llegó. Arlet había apretado el paso sin darse cuenta, y sus ojos se comenzaron a abrir. Delante de ella no veía nada que no hubiera visto antes, pero pudo ver las huellas de sus pisadas tras de ella. Sintió un vacío en su corazón. Se dio cuenta de que no entendía en lo más mínimo por qué el cielo era así, o por qué su destino había sido llegar ahí. Se congeló por un minuto. Cuando movilizó su cuerpo nuevamente, se giró despacio trescientos sesenta grados y gritó.
– ¿Loki?
El silencio se hizo más pesado tras haberlo roto. Arlet se sintió abrumada, como si el aire se hubiera hecho más denso por causa de alguna escapada de oxígeno. Arlet sintió de repente una expectativa extremadamente alegre, expectativa en la que trató concentrarse, pues sabía muy bien que era siempre, mejor que el momento y recuerdo mismos, la expectativa que, en este caso, poseía una seria ambigüedad que probaba ser demasiado complicada para ella. Así, su concentración fue destruida.

Arlet llamó otra vez. Esta vez, en un susurro muy suave.
– ¿Loki?
Arlet sintió un aire cálido sobre el hombro.
– ¿Loki?
Arlet se tapó los oídos, soltó un jadeo violento y se giró sobre sí, cabizbaja. Cuando la jovencita sentía muchas emociones al mismo tiempo, reía, por alguna razón desconocida, y esta vez no fue la excepción. Para ella fue un buen presagio, pues supuso que, de ser una presencia negativa la que le había hablado al oído, no se le hubiera permitido reír.

El monstruo ante ella medía más de dos metros y medio de altura. Era una figura negra casi en su totalidad, excepto por el rostro y las alas. No tenía piernas, dándole una apariencia en la que pareciera llevar un largo vestido, y en donde debería estar la intersección entre los brazos y el torso se encontraban unos agujeros de un tono más oscuro que el resto del cuerpo. Detrás de él salían dos alas angelicales, blancas y emplumadas, pero de ausente lustre;
se veían agotadas y dañadas, y medía cada una tanto como la altura del cuerpo. Su rostro era similar a un cráneo genérico de ave, pequeño, y recordaba a un médico de la peste. No proyectaba expresión alguna, pero Arlet pensó que se veía bastante curioso. La jovencita miró desconcertada. La criatura musitó un “¿Mm?”, a lo que Arlet respondió asintiendo precipitadamente, demorando unos segundos en recordar cuál había sido la pregunta.
–Tu perdón imploro, si es que te he asustado. Hacerte daño no es mi cometido, así que trata de no sentir miedo– dijo la figura, con una voz más gentil que la anterior, y sin demostrar la existencia de cualquier cosa parecida a una boca.
Arlet se puso de pie al escuchar el color de voz del extraño, pues fue de su agrado. Señaló, con su ojerosa mirada, las dos cuencas vacías en donde deberían estar los ojos del rostro del extraño.
– ¿Qué eres? –preguntó ella.
El monstruo agachó la cabeza.
– Soy el ángel.
Arlet retrocedió.
– ¿Qué pasó con el resto de los ángeles? –preguntó Arlet, presuntuosa.
– Confieso que me deleita mucho el hecho de que hayas asumido así, tan pronto, la existencia de otros ángeles. Nominalmente, porque ésta no es.
Arlet sintió una oleada de decepción, pronto seguida de una rara indiferencia.
– ¿Siempre has sido el único?
– Lo he sido.
– ¿Quién te hizo?
La audaz niña sufrió una angustia terrible al imaginar que sus preguntas pudieran comenzar a desesperar al ángel, mas no había forma de comprobarlo, pues este carecía de expresiones, así como de cambios en la monótona entonación de su voz.
– Dios.
– ¿Dios también es el único dios?
– Así lo ha sido siempre.
– ¿Puedo verlo?
El ángel hizo una pausa.
– ¡Puedes verlo! Sí, puedes verlo, si así lo deseas. Pequeña, eres una criatura sumamente especial, y divertida. Me presento adecuadamente: mi nombre es Nihiel.
– Mi nombre es Arlet. Disculpe, ¿todavía es Navidad?
– Mucha gente muere en Navidad. Más gente aún decide morir en Navidad. Por eso se que hoy es Navidad. Sí, tú me lo has aclarado. Estaba en lo cierto, después de todo.
Arlet sintió que el ángel estaba mintiendo y ya sabía que era Navidad.

Por otros motivos, más específicamente.
– ¿Tú recibes a todos los que llegan al cielo?
– Así mismo. Los muertos llegan y hacen preguntas rudimentarias como “¿dónde estoy?”, o “¿qué pasará conmigo?”. Cantidad de personas lo hacen en este preciso momento. Debes considerarte especial, pequeña.
– Señor, es usted omnipresente. ¿Es también omnipotente?
– Así mismo.
– ¿Es usted benevolente?
– No.
Las esperanzas de Arlet comenzaron a difuminarse hasta convertirse en casi nada. Su decepción fue lo suficientemente pesada como para olvidarse del miedo natural que ella, bastante segura estaba, debía tener en ese preciso momento. Era muy posible, o mejor dicho, era seguro que el ángel Nihiel estuviese consciente de los sentimientos de la pobre niña, si le interesaba lo suficiente. Arlet quiso rezar para que no fuera así. Pero pensó que la idea era, ya sin más, absurda.

El ángel, afortunada o desafortunadamente, se sentía secretamente entusiasmado por la llegada de un ser humano particularmente osado al cielo infinito, cosa que lo distrajo del cambio emocional en Arlet. Se encontró a sí mismo haciendo algo que no disfrutaba hacer a menudo;
hacer preguntas él mismo, a diferencia de lo usual, donde el muerto hace las preguntas y él las contesta.
– Genera en uno cierta intriga ya casi desconocida para mí, el que me hagas estas preguntas;
que preguntes por Dios, por mis capacidades, cuando tu corazón se encuentra totalmente ocupado por el nombre Lockett. Lockett. ¿Por qué no preguntas por Lockett?
– ¿Soy yo tan especial, para ocasionar tal cosa como una duda en un ser seguramente omnisciente, y que podría, sin el menor esfuerzo, escrutar en lo más hondo de mis sentimientos y encontrar la respuesta a una pregunta que, en primer lugar, probablemente nunca se hizo? – dijo Arlet, con gran timidez, arrastrando las palabras muy despacio.
– La respuesta corta, estimada mía, es sí. Después de todo, la incertidumbre es un placer que ni un ser eterno se puede dar el lujo de rechazar siempre. No asumas que no me planteo dudas. Pues yo de ustedes no soy tan radicalmente diferente.
– Dios creó al hombre a su imagen y semejanza.
– Recuerda que yo no soy Dios.
– Quiero verlo.
Nihiel se acercó a la niña en pasos diminutos, como si no careciera de pies después de todo. Era parecido a ver a una mariquita caminar. Agachó la cabeza inhumanamente hasta la altura del cuello de Arlet. Ésta esperó percibir un olor que jamás llegó a sus fosas nasales. Intuyó que debía tocarlo, y puso su mano sobre el cráneo del ángel. Sintió un mareo que la obligó a cerrar los ojos y gemir tiernamente. Cuando la sensación se disipó, reabrió sus ojos para percatarse de que el ángel los había transportado a otro lugar en un solo instante. El nuevo sitio era mucho más caluroso que sobre las nubes, y carecía casi totalmente de luz. A lo lejos, se veía lo que parecía ser una llama. A Arlet no le gustaba la oscuridad, pero la soportaba.

El rostro del ángel apareció ante ella de repente, asustándola, pero se dio cuenta de que no se había ido a ninguna parte, solamente se volvió hacia ella––su rostro brillaba en la oscuridad, reflejando un verde pálido. Arlet se tranquilizó.
– ¿Ves esa luz? –preguntó Nihiel– Es allá.
Arlet asintió, y con pasos tímidos, caminó hacia la luz. Mientras más se acercaba, más se iluminaba el lugar en el que se encontraban. Se comenzaba a notar el color de las paredes, que resultaron ser muy próximas unas de otras. Era un corredor, aparentemente hecho de piedra por su color, aunque los muros podían ser blancos, y la llama anaranjada simplemente los pintaba de ese color. Las pirámides de Egipto aterrizaron en la imaginación de Arlet, quien se sentía en una de ellas. Cuando estuvo lo suficientemente cerca de la luz, notó que la llama era bastante grande, y provenía de solitaria antorcha que iluminaba por completo la habitación en la que se encontraba. Antes de dar el paso que la introduciría a la recámara tibia, posó la mirada sobre el suelo.
– ¿Está bien si entro? –le susurró ella al ángel.
– No tengas miedo.
Con la vista, el ángel Nihiel le sugirió a Arlet que entrara. Ella lo hizo, sintiendo mariposas en el estómago. Dio unos pocos pasos, sin levantar la mirada y con sus largos dedos entrelazados.
–Aquí está –susurró Nihiel.
La temerosa niña soltó un debilísimo alarido que delató aún más su nerviosismo. Irguió ligeramente la cabeza, y sus ojos encontraron un gigantesco esqueleto humano tendido en lo que parecía ser un gran cofre de piedra. El estómago se le revolvió. Tras una inspección más cercana, el esqueleto no le parecía del todo humano. En primera, porque era demasiado grande para ser humano. Mucho más largo y ancho que el larguirucho Nihiel. Y en la boca, lucían unos corroídos colmillos del tamaño de un cuchillo de carnicero, sobresaliendo grotescamente del hueco que la quijada creaba al colgar del cráneo, de nuevo, muy inhumano. Bajo el esqueleto estaba, esparcido por todo el cofre de piedra, un charco asqueroso de sangre seca. El nerviosismo de Arlet desapareció, y más que sentirse aterrada, sintió confort, porque se acostumbró muy rápido a la escena que se puso ante ella.
– ¿Qué… quién es esto? –le preguntó al ángel, quien yacía inmóvil a su lado.
– Este cadáver pertenece a Dios. Nosotros nos hallamos en una cripta, en un lugar del infinito cielo.
– ¿Dios está muerto?
– Sí. Al igual que yo, Dios era eterno. Lo que sucedió fue que Él decidió morir, igual que tú.
“Igual que tú.” ––Esas palabras retumbaron con ferocidad dentro de la consciencia de Arlet.
– ¿Por qué? –se decidió a preguntar.
– Dios era una entidad todopoderosa y misericordiosa. Él perdonaba cuanto pecado Él, en su anti efímera existencia, hubiera cometido o se hubiera creído capaz de cometer. Como yo, Él no era tan diferente de ustedes, los seres humanos. Pero…
– Pero él jamás hubiera hecho esto.
– Así mismo. Dios le temía a la muerte, como todo ser de la creación, incluido yo, pero el suicidio es el peor de los pecados.
– ¿Quién hizo a Dios? ¿Quién dijo qué es pecado y qué no lo es?
– Ni siquiera Él lo sabía. Su conocimiento sobre esas cuestiones, al igual que su omnipotencia, son cosas que Él no aprendió, sino que eran naturales para Él.
– ¿A dónde fue Dios al morir?
– Al mismo lugar a donde tú irás.
Y cuando Nihiel dijo esas ominosas palabras, Arlet dejó de sentir. Dejó de sentir lo que fuera lo que estuviera sintiendo con anterioridad. Detectó un leve cambio en la entonación del Ángel. Luego sintió, para volver a sentir, que él no era precisamente una buena compañía, sin estar segura de nada. Arlet se recompuso.
– ¿Dios te encomendó su papel entero, sea cual ese fuera?
– Dios no me encomendó nada. Yo solamente hago lo que he estado haciendo desde que nací. Recibirlos a ustedes cuando mueren. Son muy pocas las respuesta que puedo brindarte acerca del Creador.
– Pero tú, al igual que Él, todo lo puedes.
– Sí.
– Más no lo haces.
– Ni Él lo hacía.
La niña carraspeó, sin sentir esas palabras tan fuertes como creyó que debieron haber sido.
– ¿Quién eres? –preguntó Arlet.
– Nihiel es sencillamente el nombre que Dios me dio. En la tierra me conocen por muchos nombres, y yo no tengo preferencia por ninguno, unos más populares que otros.
Una enorme y honesta sonrisa se dibujó en el ruborizado rostro de Arlet.
– En otras palabras, Satán es el único y Dios, muerto –susurró ella.
– Puedes verlo de esa manera.
– Haber dicho eso en vida… me habría metido en problemas. Se habrían reído de mí o conmigo. O me habrían golpeado. Y sin embargo, es la verdad, aquí arriba;
es lo que es, y nada más.
– Pequeña.
– ¿Oh? –Arlet enderezó su compostura.
– Lockett, tras morir, me dejó un recado para ti.
Arlet recuperó la sonrisa que había perdido hace unos pocos segundos. Nihiel dejó caer varias grandes plumas blancas detrás de él. Arlet, con gran timidez, se agachó para recogerlas. Tenían, entre todas, un mensaje escrito en aparente sangre, con letra diminuta. Supuso, pues, que Lockett no tenía más con qué escribir, y pidió prestadas algunas plumas al ángel.

Arlet:
Probablemente no te acuerdas de mí, pero cuando yo morí, no fuiste tú la última persona en escuchar mi voz, y de eso yo me arrepiento con gran tristeza. Mi último deseo silencioso fue que tú tuvieras una larga y feliz vida a pesar de mi ausencia. Y aunque yo se que la Arlet que conocí es una chica muy frágil, también se que tiene un corazón con muchas fuerzas, pues me dejaste tomarlas para mí, para ser feliz como no lo había sido antes de conocerte a ti. Lamento muchísimo no haber podido vivir una larga vida a tu lado, como se que debió haber sido, pero sabe que no me importa cómo o con quién hayas vivido la tuya, siempre y cuando haya estado llena de la más grande y longeva felicidad, esa que tú mereces más que nadie.
Gracias por ser mi todo.
Tuya,

Loki.

Arlet sintió una extraña indiferencia en la nota sanguinolenta de Lockett. Indiferencia que no habría notado estando vida. En cualquier otra circunstancia, las palabras de su amiga la hubieran bombardeado con la más despiadada conmoción. Estaría de rodillas, llorando y gritando su nombre. Pero en la cripta del Creador, aquellas palabras tenían un significado diferente. Todo esto la desconcertaba gravemente, pues también notó que esa indiferencia de indecible crueldad no había salido del corazón de Lockett. Había salido de otro lado. Con la mirada ausente, Arlet reunió fuerzas para hablar.
– ¿A dónde iré ahora?
– A ningún lado, –respondió el ángel– igual que Loki.
– Ya no quiero esperar –respondió Arlet.
Y sintiendo inconsecuentes lágrimas acariciar sus mejillas, Arlet escuchó, como final melodía, a Nihiel expresar el primer rastro de emoción que se haya manifestado en su voz. Una débil y vil carcajada.
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MensajeTema: Re: Un cuentito   Vie Dic 14, 2012 6:48 am

En algunas partes me hiciste recordar al BE de PoS.

Una pregunta: Por qué este chico sólo tiene 6 de sabiduría?
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MensajeTema: Re: Un cuentito   Vie Dic 14, 2012 4:26 pm

De cierta forma me lo esperaba.

Muy Nietzchiano para mi gusto, pero bastante buena la historia. -w-
Buen final.

@Ash: Porque todos nos olvidamos de ese sistema, entonces nadie le da "
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MensajeTema: Re: Un cuentito   Vie Dic 14, 2012 6:35 pm

Keaney Ashcroft escribió:
En algunas partes me hiciste recordar al BE de PoS.
Tomaré eso como un cumplido. Aunque jamás vino a mi mente al escribirlo;
mi fuente de inspiración fue más que nada The Mysterious Stranger.
ciberwap00 escribió:
Muy Nietzchiano para mi gusto
Jamás he leído a Nietzche. Intredasting. :ahhh: Aunque ahora recuerdo que una de sus filosofías era, de hecho, que Dios está muerto.
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MensajeTema: Re: Un cuentito   Vie Dic 14, 2012 8:17 pm

Que es lo que referencia Ash? Se oye interesante -w-
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MensajeTema: Re: Un cuentito   Vie Dic 14, 2012 9:35 pm

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MensajeTema: Re: Un cuentito   Vie Dic 14, 2012 10:31 pm

Tienes talento.
Aunque en realidad no capté bien el mensaje, si es que querías transmitir uno, solo el hecho de que "
el suicidio es la salida de los cobardes"
.

Ah y muy bien redactado. me gusta cuando te sientes como espectador.

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MensajeTema: Re: Un cuentito   Sáb Dic 15, 2012 5:11 am

<
-Thanks. Y... no pensé realmente en un mensaje qué dar. Solamente quise escribir una tragedia en la que la vida, ultimadamente, no tiene sentido, de hecho, de ahí el nombre del ángel (Nihil = "
nada"
). La idea del Dios muerto y el Adversario vivo es para hacerlo más cruel, supongo.
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MensajeTema: Re: Un cuentito   Sáb Dic 15, 2012 7:20 pm

Titán, titán, eres un titán Les.

El relato tiene tantas cosas buenas (contexto, redacción, narración, final, etc) que no puedo pensar en otra palabra. Te felicito, señor arcoiris.
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MensajeTema: Re: Un cuentito   Lun Dic 17, 2012 1:32 am

Sabes? Si se ve desde otra perspectiva, la chica pudo haber estado desde siempre en el infierno y esa era su tortura personal, su mayor grande sueño... que no hubiera "
nada"
.. y desilusionar a Loki...

Tal vez fuera de tu intención, pero parece una de esas penas de "
cuidado con lo que deseas"
con un toque faustiano y una reinterpretación del nihilismo -w-
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MensajeTema: Re: Un cuentito   

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Un cuentito
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